martes, 7 de noviembre de 2006

PLAZA BRASIL: ENTRE "ORDEM E PROGRESSO", SOBREVIVIENDO

Plaza Brasil hacia 1938. Atrás a la izquierda se ven las torres-campanarios de la Iglesia de la Preciosa Sangre. Imagen de los archivos fotográficos del Museo Histórico Nacional.
Coordenadas: 33°26'25.86"S 70°39'57.39"W
Cinco años en una Universidad del sector de Plaza Brasil, me relacionaron estrechamente con su entorno señorial y estilo de los inicios republicanos. Empero, como estudiara una carrera que hoy no ejercería ni a palos, la retrospectiva me provocaba una sensación de tiempo perdido en vez de nostalgia.
No sería mi única frustración allí, sin embargo. Cumpliendo uno de los proyectos de la facultad insistentemente abstractos y dados a la "volada" poco aterrizada, escogí la plaza para observación de aspectos típicos del barrio, llamando mi atención especialmente sus árboles viejos, retorcidos, esos de semblante tolkieniano, como ents heridos en batalla. Niños que parecen extraviados en ese barrio “de viejos” jugaban alrededor y las parejas buscaban sombra, en un rito que -hoy lo sé- se remonta a los orígenes de la misma plaza.
A poco de sentarme a bocetear entusiasta en aquella oportunidad, sin embargo, llegó un bus con pacientes psiquiátricos para ser distraídos visitando mi momentáneo teatro de inspiración... Cosa de locos. El delirio de entrevistadores de treinta individuos haciendo muecas incomprensibles me obligó a escapar hasta algún rincón más tranquilo. Magníficos balcones, cités y fachadas me ayudaron a olvidar ese intento de amor no correspondido.
La obligación de visitar reiteradamente la plaza para cumplir otros tediosos trabajos académicos en terreno, terminó de estrangular mi encanto por el vecindario y su plaza.
Inesperadamente, sin embargo, un día volvió a mí el interés por curiosas circunstancias, cuando ya no estaba cerca de estos teatros de la ciudad. Y entonces tuve una revelación, recordando una observación con sabor a consejo del poeta Hugo Águila, mi compañero de estudios en esos años: tal cual reza el emblema de la verdeamarella estrellada, Plaza Brasil lleva desde su génesis una relación esencial de amor y odio con el Orden y el Progreso. De alguna manera, fui un testigo y partícipe de tal dialéctica.
Sé que me aventuro en un terreno incierto mientras redacto esto, por supuesto, pero fue la misma bobina de Ordem e Progresso la que le dio el soplo de vida a la plaza, naciendo sobre lo que antaño fuera un vertedero de desperdicios en un tablero colonial tan metamórfico como Santiago, para entonces apenas algo más que el campamento militar amurallado ilustrado por Felipe Guamán Poma de Ayala en su “Nueva Crónica y Buen Gobierno”, a principios del siglo XVII, y que una placa metálica colocada frente a la Ilustre Municipalidad capitalina, en plena Plaza de Armas, recuerda ahora con gruesos errores tanto en la fecha como en el título de la obra.
Croquis de la capital chilena publicado en "Santiago durante el siglo XVI: constitución de la propiedad urbana i noticias biográficas de sus primeros pobladores" por Tomás Thayer Ojeda (Santiago de Chile, Imprenta Cervantes, 1905 - Disponible en la Biblioteca Nacional). Pueden verse la Cañada y la Chacra de Diego de Cáceres, a la izquierda del plano, exactamente en donde hoy se encuentran el Barrio Histórico y la Plaza Brasil (Clic encima para ampliar).
Los particulares juegos de la plaza.
Sector de los juegos infantiles.
Uno de los árboles más viejos y característicos.
El sencillo cartel presentando la plaza.
Así, en tiempos que resultan remotos a nuestro joven pueblo, lo que hoy es la plaza y el barrio Brasil no era más que la Cañada del Capitán Diego García de Cáceres (no confundir con La Cañada propiamente tal, que corresponde a la actual Alameda Bernardo O'Higgins), una suerte de humedal pantanoso condenado a digerir basuras y escombros de una ciudad que todavía tenía su límite urbano noroeste en lo que ahora es su Centro. Al aparecer chacras y fincas humildes en este suburbio, comenzó a conocérsele como la Cañada de Saravia,  por largo tiempo el límite poniente del Santiago del Nuevo Extremo en su fase colonial temprana.
Pero el Ordem e Progresso no resistió su tentación de avanzar por el valle del Mapocho, y la aristocracia de la segunda mitad del siglo XIX tomó la vieja cañada, a la sazón convertida en el Callejón Negrete.
Con el tiempo, se levantaron pulcras construcciones de estilo europeo, con rasgos de neoclasicismo a algo de art nouveau (es aburrido hablar de arte sin verlo, ¿verdad?). La crème criolla volcaba su gusto arquitectónico en plena época victoriana, huella que sobrevive hasta hoy. Así las cosas y en medio de esta transformación, el 1900 sorprendió al barrio con la compra municipal de las residencias de una cuadra entre Huérfanos y Compañía. Ya demolidas, se trazó sobre sus recuerdos un área verde pomposamente inaugurada con marchas, discursos y hasta cañonazos, el 20 de enero de 1902.
La plaza fue bautizada Brasil en un frenesí de admiración fraterna hacia aquel pueblo con el que Chile, por entonces, casi no cruzaba en volúmenes importantes ni el comercio, ni el turismo. Las pésimas relaciones con las tres repúblicas vecinas, amenazando con alianzas y con reabrir neuralgias limítrofes, contrastadas con la lealtad brasileña manifiesta desde la Guerra del Pacífico, pueden dar una pista contextual del origen de este gesto.
La plaza era el lugar predilecto de los paseos durante el fin de semana, de familias, parejas y chiquillos coqueteándose. Empero, cuánta razón tenías, Hugo: porque veremos que fue cosa de tiempo para que el Ordem e Progresso comenzara, ahora, a lanzar apuestas contra la longevidad de la nueva plaza y su derredor.
En los años treinta y cuarenta fueron famosas las peleas entre jóvenes residentes y cadetes de la Escuela Militar, que llegaban allí sabiendo de la debilidad por los uniformes que tenían las muchachitas del barrio, ante los celos y la frustración de los locales. Los sábados en la noche y domingos hasta la tarde solían producirse escaramuzas en la plaza, por lo mismo, y entre los cadetes peleadores de aquella generación, uno de los "buenos para el ala" era el futuro Capitán General Augusto Pinochet Ugarte, como recordaría después en sus memorias.
Menos pintoresco fue cuando las manifestaciones políticas y los disturbios del '40 escogieron al Centro como escenario, espantando a muchos de los residentes con acceso al cuerno de la abundancia, incluidos vecinos de la Plaza Brasil y sus barrios elegantones.
Se dice que el traslado de la Escuela Militar contribuyó también al éxodo de clases altas hacia el sector oriente, para cumplir con la tradición residual de que toda buena familia tuviese un hijo formado al rigor del uniforme. Consecuencia: las suntuosas residencias se desvalorizaron y clanes populares fueron apoderándose de ellas, a veces impedidos de darles el debido mantenimiento y costear reparaciones.
Se sospechará que, a estas alturas, mi visión de Plaza Brasil se eleva sobre la de mis años universitarios, y me resisto a las circunstancias que acusen de ella lo sombrío e incivil en que muchas veces se la halla, con noticias tenebrosas sobre comercio ilegal, vandalismo "estudiantil" y hasta un “supermercado de la droga” que operaba cerca. Es decir, tan ajena al Ordem e Progresso, persistiendo una disputa íntima con el lema-divisa carioca. Ironía es que el orden y el progreso han transformado en barrio a su alrededor, precisamente, desapareciendo muchas de las viejas casonas y gran parte de la fisonomía del barrio.
Recuerdo también que, para un Taller de Extensión en la misma casa de estudios, debí observar parte de la instalación de sus juegos infantiles en 1993, proyectados en Francia por la escultora Federica Matta, hija del fallecido pintor Roberto Matta. Gran sorpresa fue enterarnos que se alteraron los diseños originales, porque estaban concebidos como espacios cerrados con entradas individuales:
- “Por una cuestión cultural –dijo el supervisor con expresión escrupulosa- aquí se habrían usado como baños”.
Otra confirmada decepción para mi historial de coexistencia con esta plaza, entonces.
A pesar de todo, no ha perdido su carácter de homenaje al Brasil y fue así que se inauguró en ella, durante la visita del Presidente Cardoso a Chile, un monolito con una placa memorial recordando al célebre músico Antonio Carlos Jobim, con la siguiente inscripción
HOMENAJE A
ANTONIO CARLOS JOBIM
1927-1994
MAESTRO DE LA MÚSICA BRASILEÑA
INAUGURADO POR EL PRESIDENTE
DE LA REPÚBLICA DEL BRASIL
FERNANDO HENRIQUE CARDOSO
Y POR EL ALCALDE DE LA
I. MUNICIPALIDAD DE SANTIAGO
JAIME RAVINET DE LA FUENTE
MARZO DE 1995
Bien: El Orden y el Progreso han sido alternadamente, amigos y adversarios de la secular historia, la cultura y hasta las leyendas de la Plaza Brasil, honradas por la pluma de más de un escritor asiduo a alguno de los treinta bares y restaurantes del sector, muy conocidos entre sus devotos y entre los cerca de 12 mil habitantes de todo el barrio.
Mas, ahora creo que el mejor ángulo para interpretar la Plaza Brasil estaba fuera de su ápeiron. Estando encima no vi mucho; ya de lejos, veo todo. Quizás, el instante preciso era con esos orates haciendo morisquetas, tan impropios al Ordem e Progresso, aquella mañana otoñal y a los que, sin embargo, rehuí.

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